Episodio 3:
El Imam Abû Hanîfa- Parte I
En el nombre de Al·lâh,
El más Misericordioso, El muy Misericordioso. Las alabanzas son para Al·lâh,
Señor de los mundos y que los Rezos y la Paz de Al·lâh sean sobre el profeta Mohammad(SAAWS)
Introducción
Sed
bienvenidos y vamos a continuar con nuestro programa "Un llamamiento a la
convivencia". En primer lugar, me gustaría mencionar las palabras que
solía decir uno de los grandes sabios del Islam, Al-Qâdy ‘Ayâd.
Decía: “El apego –el afecto entre los miembros de la comunidad- es uno de los
preceptos del Islam, uno de los pilares de la Sharî'a (Ley Islámica) y un
sistema que une a los musulmanes”. Es más, todas las leyes islámicas tienen como
objetivo final el apego entre la gente en general, y entre los musulmanes en
particular. Así, por ejemplo, hablar mal de otra persona con una tercera –ghaiba-
es pecado y difamar a una persona -namîma- es pecado. Observemos también
que se nos ordenó rezar juntos y realizar juntos la oración del viernes, de la
misma manera que se nos ha ordenado rezar pegados hombro con hombro en filas
rectas. Incluso el divorcio tiene unas regulaciones precisas, para que la
separación sólo pueda realizarse tras llevar a cabo unas regulaciones y leyes
precisas. Este es nuestro Islam, hermanos…. Así pues, ¿seremos capaces de
entendernos? ¿Seremos capaces de amarnos? ¿Seremos capaces de respetarnos
mutuamente… a pesar de ser distintos los unos de los otros? ¿Seremos capaces de
vivir juntos?
Es difícil
convertir estas palabras en hechos, y por ello, hablaremos de los cuatro imames,
que tienen el mérito de haber establecido la Jurisprudencia Islámica –Fiqh-.
La Jurisprudencia Islámica consiste simplemente en hallar soluciones a los
problemas cotidianos de la gente, basándose en el Corán y la Sunna
(dichos y hechos del Profeta, que los Rezos y la Paz de Al·lâh sean sobre él).
Por consiguiente, Al-Fiqh es una de las ciencias más importantes
del Islam, porque los temas que estudia son: las particularidades del rezo, la
adoración a Al·lâh, el matrimonio, el divorcio, las transacciones, la
compra-venta… etc. Por eso he escogido a los cuatro imames como modelo de
convivencia, porque sus vidas estuvieron llenas de convivencia.
El perfil
de Abû Hanîfa
Su nombre es
An·No'mân Ibn Zâbet Al-Mizrabân, Abû Hanîfa era su
apodo. Era de origen persa, sus antepasados no eran árabes, sino que abrazaron
el Islam. Nació en el año 80 después de la Hégira y murió en el 150, por tanto
vivió 70 años. Así pues, el primer imam de los cuatro que constituyeron la
Jurisprudencia Islámica no era de origen árabe, sino de origen persa, y éste es
un aspecto importante en la convivencia.
En realidad,
el imam Abû Hanîfa preparó el camino para todos los que le
siguieron, en el sentido de que fue la primera persona que se planteó y de hecho
estableció una Jurisprudencia Islámica. Su labor fue de tal trascendencia que
incluso los eruditos islámicos postulan que todos los musulmanes deberían
suplicar a Al·lâh por Abû Hanîfa en sus rezos. Él fue el primero
que estableció una jurisprudencia islámica, y fue el fundador de la primera
escuela de Jurisprudencia Islámica. El imam Mâlik fue posterior a él,
Ash·Shâfe'î fue un discípulo de Abû Hanîfa y Ahmad
Ibn Hanbal fue posterior a ambos.
Llegados a
este punto, me pregunto: ¿pudieron los miembros de la sociedad de aquel tiempo
aceptarse unos a otros a pesar de las diferencias existentes entre las clases
sociales? Me gustaría explicaros una historia que demuestra que todos los que se
dedicaban al estudio de la ciencia islámica en aquella época eran de los
mawâly, es decir de origen no árabe. Uno de los eruditos de aquel tiempo
llamado Abî Laila, estaba reunido con el gobernador de Kufa (Al-kûfa,
una ciudad situada al sur de Bagdad, en Irak) y existía en esa época un acusado
patriotismo fanático de lo árabe. Entonces, el gobernador pidió a Abî Laila
que le hablara de los sabios en materia islámica, preguntándole: “¿Quién es el
sabio en Medina?”, a lo que respondió: “Nâfe’ Mawlâ Ibn ‘Omar”.
Entonces, le preguntó de nuevo: “¿quién es el sabio en Meca?”. Abî Laila
dijo: “’Atâ´ Ibn Abî Râbeh”, a lo que el gobernador
replicó: “¿es mawlâ (de origen no árabe) o árabe?”. El hombre contestó: “Mawlâ”.
Entonces, prosiguió: “¿quién es el sabio en Yemen?”. Dijo: “Tâwûs Ibn
Kîsân”. El gobernador preguntó entonces: “¿es mawlâ o árabe?”, y el
chico dijo: “mawlâ”. “¿Quién es el sabio en Al-Yamâma?”. Dijo: “Yahyâ
Ibn Abî Kazîr”. “¿mawlâ o árabe?”. “Mawlâ”. Abî
Laila relataba: “cada vez que se mencionaba la palabra mawlâ… su cara
se enrojecía de enfado”. Luego dijo: “¿y quién es el sabio en Basora?”.
Respondió: “Al-Hasan Al-Basry y Mohammad Ibn
Sîrîn”. Dijo: “¿son mawliân (plural dual de mawlâ) o árabes?”. “Mawâly”.
Entonces, vi la maldad en su cara. Y al final le preguntó: “¿quién es el sabio
de Al-Kûfa?” y dice el narrador: “Estuve a punto de decir Hammâd,
que es Mawlâ, pero temí su maldad, por lo que le dije: Ibrâhîm An·Naj'î”.
Dijo: “¿Mawlâ o árabe?”. Respondí: “árabe”. Entonces, exclamó contento:
"Al·lâhu Akbar" (Al·lâh es más Grande). Entonces le dije: “¿qué podemos
hacer? Los mawâly son mejores”.
Pero, ¿cómo
pudo la sociedad árabe aceptar el hecho de que sus sabios fueran de origen
extranjero?
Los árabes en
aquella época, estaban ocupados con la administración y dirección de los estados
que abrazaban el Islam, con las guerras y las conquistas, por lo que no
profundizaron en las ciencias, y los mawâly quisieron desempeñar un papel
en la nueva comunidad musulmana, por lo que se ocuparon de la ciencia y el
conocimiento, lo que dio lugar a que hubiera equilibrio dentro de la sociedad y
a que se complementaran unos a otros.
Entonces, el
punto de partida para conseguir la convivencia es que los miembros de la
sociedad se acepten entre sí, y a propósito, entre los nombres de Abû Hanîfa
hallamos “el gran imam” o “el imam de los imames”… Por otro lado, el profeta,
que los Rezos y la Paz de Al·lâh sean sobre él, dijo en un hadîz (dicho):
“Los musulmanes son como los dientes de un peine, el árabe no tiene mérito
sobre el extranjero a no ser por su taqwa (temor de no servir
suficientemente a Al·lâh)”.
El
nacimiento de Abû Hanîfa
Abû
Hanîfa nació en Kufa, en
Irak, que era el centro del califato islámico en la época de Alî Ibn Abî Tâleb,
quien dejó Medina y se dirigió a Irak, estableciéndose finalmente en Kufa. El
motivo era que como todos los problemas del califato surgían de la zona de Irak,
decidió que podría resolverlos más fácilmente estando allí.
¿Os acordáis
de la gente de As-Soffa, los más pobres de entre los que
emigraron de La Meca a Medina, a quienes el profeta, que los Rezos y la Paz de
Al∙lâh sean sobre él, les instaló cerca de La Mezquita del Profeta, para que
estuviesen cerca de él y recibir así más atención y aprecio? Cuando Alî Ibn
Abî Tâleb se trasladó a Kufa, construyó allí una mezquita de dimensiones
enormes, y allí se forjó la personalidad de Abû Hanîfa.
Por otra
parte, antes de Alî, 'Omar Ibn Al-Jattâb que analizaba siempre los
asuntos con una perspectiva muy avanzada, eligió a Abdul·lâh Ibn Mas'ûd
para enviarle a Kufa y dijo: "Os he enviado a Ibn Mas'ûd como profesor y
ministro, y lo he elegido para vosotros porque es uno de los más sabios
compañeros del profeta, que los Rezos y la Paz de Al·lâh sean sobre él".
Por
ello, Kufa tenía unas características muy especiales, resultado de recibir la
escuela de Alî Ibn Abî Tâleb, de Ibn Mas'ûd y de 'Omar
Ibn Al-Jattâb, que tenían una mentalidad adelantada y una visión de futuro.
Todo esto influyó en Abû Hanîfa.
Abû Hanîfa
y la noción de éxito
Abû
Hanîfa
comenzó su camino como un jóven que decide
que quiere triunfar en la vida, siendo un hombre de características
excepcionales. Cuando quería introducirse en un sector no quedaba
satisfecho hasta llegar a su cumbre. Su padre era comerciante de tejidos, tenía
una tienda normal y corriente en Kufa. Entonces, este jóven, que no tenía más de
17 o 18 años, decidió que quería transformar esa tienda para convertirla
en una de las mejores tiendas de tejidos habidas en Irak. Abû Hanîfa
relata: "Entonces, pregunté quién era el mejor profesor que enseñaba en aquel
momento la ciencia del mercado". Uno de sus atributos era que para aprender
cualquier asunto sólo lo hacía de la mano de los especialistas en la materia.
Así pues, se instruyó en la especialidad de la mano de un profesor y empezó a
pedir permiso a su padre para transformar la tienda. Su mayor empeño era tener
éxito en la vida.
De ese modo,
Abû Hanîfa pasó en pocos años de ser el dueño de una tienda de
tejidos corriente, a ser el propietario de la tienda de tejidos más grande y
famosa de Kufa: Dâr Ad·Dâr. Esta casa era famosísima en la historia de
Kufa. Entonces, él compró esta casa –Dar Ad·Dâr- y la transformó en una
tienda. Después, empezó a especializarse en decorar la tienda con trajes y
modelos totalmente novedosos y nunca vistos antes por la gente del lugar. De
esta manera, empezó a enriquecerse de un modo extraordinario convirtiéndose en
una persona que reúne el buen juicio y la riqueza. Así era Abû Hanîfa, un
jóven triunfador que seguía métodos teóricos y que destacaba en cualquier asunto
que emprendía.
La
convivencia entre Abû Hanîfa y su padre
Continuamos
hablando sobre convivencia al referirnos a esta relación entre Abû
Hanîfa y su padre. Cuando el padre de Abû Hanîfa constató
que su hijo deseaba ampliar el negocio le dijo: "Haz lo que tú veas conveniente,
yo estoy de acuerdo contigo, pero tenme al corriente de los cambios que
realices"… Entonces, el negocio empezó a florecer. A veces, cuando un hijo se
incorpora al negocio de su padre, empiezan los problemas porque el padre quiere
imponer su punto de vista en la manera de llevar el negocio. El hijo quiere
modernizarlo, pero el padre no se lo permite. Sin embargo, en el caso de Abû
Hanîfa y su padre se hace patente la convivencia entre generaciones,
siendo el primer asunto trascendente en la vida de Abû Hanîfa.
Abû Hanîfa
llegó a ser tan rico que vestía trajes extremadamente caros, valorados en 1500
dirhams, en una época en la que diez personas podían comprar carne por solamente
5 dinares. Sus ingresos anuales alcanzaban los 200 mil dinares, sin embargo
nunca estuvo obligado a pagar Az·zakât (el azaque),
¿sabéis por qué? Pues porque nunca le quedaba dinero ahorrado un año completo.
Daba mucho dinero generosamente a los necesitados, hasta que sólo le quedaban
para él y su familia 4000 dinares al año, el resto lo repartía entre los pobres.
El comienzo
de Abû Hanîfa, el sabio de la ley
Una vez,
el Imam Ash·Sha'abî, uno de los grandes imames musulmanes a quien Abû
Hanîfa solía recurrir para consultarle sobre asuntos importantes,
le dijo: "Dime ¿a qué profesores vas?". Respondió: “Voy al profesor fulano para
aprender las técnicas del mercado". Ash·Sha'abî
respondió: “No me refiero a eso, pregunto sobre los
ulemas y sabios de la ley”. Dijo Abû Hanîfa:
“Verdaderamente, no voy a ninguno de ellos”.
Ash·Sha'abî le miró y le dijo: “Veo en ti una
sagacidad, dinamismo, empeño e inteligencia que no creo que el comercio pueda
satisfacer… ¿Qué te parecería emprender algo junto con el comercio, que te
ayudara a mejorar tu negocio, y que a su vez tu negocio reforzara esta nueva
actividad?". Abû Hanîfa
preguntó: ¿Y qué cosa es esa? Replicó: “Es la
ciencia, aprende la ciencia, pues tu tienes razonamiento e inteligencia”. Abû
Hanîfa relató después: “Sus palabras quedaron grabadas en mi
corazón". ¡Imaginad! A veces pronunciamos una palabra sin ser conscientes del
efecto que puede llegar a tener, sin embargo esa palabra puede cambiar la vida
de un ser humano.
¿Os dais
cuenta? Esa palabra de Ash·Sha'abî dio como resultado el imam más
grande de los imames musulmanes y la primera escuela jurídica en la historia
islámica, que además es la más famosa y seguida hoy en día. Efectivamente, la
escuela jurídica de Abû Hanîfa es la más difundida en el mundo
islámico, sobre todo entre los musulmanes no-árabes, a pesar de que fue la
primera escuela de este tipo y no aprendió de ninguna otra. ¡Realmente, se trata
de un hombre genial!
Así pues,
Abû Hanîfa decidió aprender, y relata: “Me dije a mi mismo ¿qué
ámbito del saber aprendo? Empecé a indagar sobre los tipos de conocimientos
existentes para luego poder elegir. Me dijeron: “El Corán, el Hadîz
(dichos del Profeta), la lingüística, la poesía y la jurisprudencia”. Éste
era el saber existente en aquel tiempo. Abû Hanîfa dice:
“Empecé a preguntar sobre cada uno separadamente”. “Si me decido por estudiar el
Corán y lo memorizo y aprendo a la vez su interpretación, ¿qué llegaré a ser?"
Me dijeron: “Si escoges ese ámbito del saber recitarás el Corán ante la gente y
lo enseñarás a los chicos”. Dije: “¿Y luego, qué?”. Me dijeron: “Cuando
envejezcas, uno de los jóvenes a los que enseñaste leerá mejor que tú, y ocupará
tu lugar". Entonces, me dije a mi mismo: “No, eso no es lo quiero”.
Quiero que
quede claro que yo no tengo nada contra las otras ciencias, sólo os aclaro cómo
era su modo de pensar para que saquemos provecho de ello.
Continúa
Abû Hanîfa: “Entonces pregunté sobre el Hadîz” –
observad que a Abû Hanîfa no le gustaba tomar decisiones basándose
en una visión individual y este método es el grado máximo de convivencia con el
que establecerá posteriormente su escuela-. “Entonces pregunté: ¿quién es el
más sabio en este ámbito? y ¿qué haré si aprendo el Hadîz?". Me
dijeron: “Si aprendes el Hadîz, la gente se dirigirá a ti para
aprenderlo y serás uno de los más grandes sabios del Hadîz”.
Pregunté: “¿Y después?”. Me dijeron: “Cuando envejezcas, empezarás a olvidar lo
que has memorizado y a lo mejor te acusan de ser un mentiroso”. Entonces, dije
para mí mismo: “No, no quiero especializarme en la ciencia del Hadîz".
Luego pregunté
sobre la poesía, y me dijeron: “Aprenderás la poesía". Dije: "Y si memorizo la
poesía y llego a ser uno de los mejores poetas… ¿qué ocurrirá después? Dijeron:
"Una persona te pagará y tú le elogiarás mediante tu poesía, y otra persona no
te dará y entonces le insultarás". Me dije: “Tampoco quiero eso”. Luego pregunté
sobre la lingüística, hasta que me hablaron de la jurisprudencia y me dijeron:
“Enseñarás a la gente y les emitirás dictámenes y a lo mejor llegas a ser un
juez siendo todavía joven”. Entonces me dije: “Eso es lo que yo quiero”.
De este relato
aprendemos algo muy importante: debo convivir conmigo mismo y encontrar una
armonía entre mi forma de ser y yo mismo.
Abû
Hanîfa continúa diciendo: “Entonces, me dirigí a Ash·Sha'abî
y le pregunté ¿crees que seré capaz de aprender la jurisprudencia? Me replicó:
“Eso es lo que yo quería para ti”. Así, volví a preguntar: ¿Quién es el mejor en
jurisprudencia? Me dijeron: “Hammâd
Ibn Abî Sulaimân”. Entonces pensé: "Estaré siempre junto a él", y así
fue.
Los
sabios que enseñaron a Abû
Hanîfa
Primero
se dirigió a Hammâd y una vez allí, éste le preguntó: “¿Qué
quieres?” “Aprender la ciencia”, respondió Abû Hanîfa.
“¿Y qué será del comercio?”, preguntó Hammâd. “No lo dejaré.”,
respondió Abû Hanîfa. “Bien, entonces te enseñaré tres asuntos
cada día”, dijo Hammâd.
¡Imaginaos!, tres asuntos cada día darán como resultado el imam más grande de
los imames musulmanes, el fundador de la primera escuela de jurisprudencia
islámica… ¡Ciertamente, el camino de las mil millas comienza por un paso!
Abû
Hanîfa acompañó a Hammâd
a lo largo de 18 años. Sin embargo, pasados tres años, Hammâd notó
que Abû Hanîfa había madurado en la jurisprudencia, y por eso le
permitió sentarse en su círculo y hablar cuando quisiera, por lo que pasó a ser
un círculo compartido. ¿Os dais cuenta? Hammâd es la persona que
recibió el conocimiento directamente de 'Abdul·lâh Ibn Mas'ûd, y era la
persona más sabia de Kufa… sin embargo, aceptó que un joven en el comienzo de su
vida compartiera con él su círculo… ¡Realmente, esa es la convivencia!
Abû
Hanîfa cuenta: “Sin embargo,
encontré que no me bastaba con Hammâd, y empecé a buscar a los
demás sabios de su época. Entonces, me dirigí a Ya’far As·Sâdeq
– y aunque éste es el fundador de la doctrina chií, Hammâd le
permitió dirigirse a Ya’far As·Sâdeq, y este último
aceptó enseñarle. Abû Hanîfa discrepó con Ya’far As·Sâdeq
en algunos asuntos y él lo aceptó”. Es decir, que Abû Hanîfa contradecía
algunos asuntos de la doctrina chií, sin embargo pudo convivir y entenderse.
Dice Abû
Hanîfa: “Acompañé a Hammâd a lo largo de 10 años. Después de
terminar la lección en la mezquita, solíamos sentarnos todas las noches con un
grupo pequeño de alumnos de Hammâd hasta la madrugada. Hammâd
era un hombre muy educado, por lo que no le parecía bien dar por finalizada él
mismo la lección, así es que no finalizaba hasta que cantaba el gallo que tenía
en su propia casa. De ese modo, no era él quien anunciaba el final de la clase”.
Abû Hanîfa se enojaba cuando cantaba el gallo y decía: "¡Qué gallo
tan perezoso! Canta en las primeras horas de la noche… ¡Imam cambie su gallo!”.
Abû
Hanîfa tenía una personalidad
transparente y clara, y convivía consigo mismo. La principal convivencia es
convivir contigo mismo y no contradecirte. Hay dos tipos de gente: el primero
es aquél que está en un conflicto continuo consigo mismo, sintiendo una ira o
una furia interna. El otro es el que huye de sí mismo y rechaza enfrentarse a sí
mismo.
Abû
Hanîfa dice: “Después de 10
años, sentí una tentación interna de ser yo el líder. Me dije a mí mismo: hoy
iré a la mezquita y formaré mi propio círculo. Luego, entré en la mezquita y vi
a Hammâd sentado en su círculo, entonces no me atreví a hacer lo
que me había propuesto debido a todo lo que él había hecho conmigo y por su
grandeza. Así pues, me senté en su círculo y no llevé a cabo mi idea”. Es decir
que su alma se inclinó por el liderato, pero él supo como tratarla.
Niveles de
convivencia
El episodio de
hoy sostiene que la convivencia consta de diferentes niveles: En primer lugar se
encuentra la convivencia con uno mismo, para luego hallar niveles más amplios
como la convivencia con la familia, después con los profesores, luego con la
sociedad en la que vivimos. ¿Te puedes creer que en el año 80 después de la
Hégira todos estos niveles de convivencia se completaban con éxito? Me atrevo a
afirmar que el mayor inconveniente de nuestros jóvenes hoy en día es que no
conviven con ellos mismos porque sienten que no se les acepta, y ello a su vez
les hace incapaces de convivir con la sociedad.
Abû Hanîfa
convive consigo mismo
Cuenta Abû
Hanîfa: “Así pues, me senté cerca de Hammâd, y justo
aquel día llegaron para Hammâd noticias de Basora comunicándole
que tenía una herencia de un pariente suyo que había fallecido y que él era el
único heredero, así que debía ir allí para recoger la herencia. Entonces, dejó
el círculo y me dijo que ocupase su lugar hasta que regresase.” Parece que fuera
un mensaje de Al∙lâh… Esa misma noche, Abû Hanîfa había pensado en
separarse del círculo de Hammâd, pero logró dominar sus deseos, así que
Al∙lâh le recompensó ofreciéndole aquello que se había negado a sí mismo.
Dirigió y presidió el círculo durante dos meses, como si se tratara de una
preparación. Dice Abû Hanîfa: “Durante este periodo me
plantearon cuestiones nuevas para mí, cuestiones que Hammâd no me
había enseñado. Entonces, me decía a mí mismo: "Ésta no me la había enseñado
Hammâd… gracias a Al∙lâh que no me he separado del círculo”. Y
continúa diciendo: “Cuando regresó Hammâd, yo tenía escritas todas
las cuestiones que me habían planteado en su ausencia, así que me senté a sus
pies y le presenté sesenta cuestiones, en cuarenta de ellas coincidió conmigo y
en las otras veinte discrepó… Así aprendí esas veinte nuevas cuestiones, y juré
no separarme de Hammâd mientras siguiera vivo”.
Abû Hanîfa
convive con sus profesores
La relación
que existía entre Hammâd, el profesor, y Abû Hanîfa,
el alumno, era de un cariño y afecto extraordinarios, sin embargo discreparon en
más de 100 cuestiones. Abû Hanîfa decía: “Juro por Al∙lâh que suplico por
Hammâd en cada uno de mis rezos igual que lo hago por mi padre, y
también suplico por quien me enseñó el conocimiento y a quienes yo les enseñé,
para que se aferren a la verdad y así yo siga cosechando la recompensa de
Al∙lâh”.
Tras la muerte
de Hammâd dice Abû Hanîfa: “Entre mi casa y la casa
de Hammâd había siete calles, juro por Al∙lâh que no podía
extender mis piernas en la dirección de la casa de mi profesor Hammâd”…
¿Os imagináis qué nivel había alcanzado la educación y el amor hacia su
profesor? Además, Abû Hanîfa puso a su hijo el nombre de Hammâd,
le puso el nombre de su profesor.
Una vez,
Hammâd estuvo dos meses lejos de Kufa y cuando regresó su hijo le
dijo: "Papá, ésta es la primera vez que te has alejado de casa… ¿Qué es lo que
más has echado de menos?", pensando que era él, sin embargo Hammâd
le respondió: “a Abû Hanîfa, y juro por Al∙lâh que deseo
acompañarle siempre y no separarme de él hasta mi muerte”.
Escuchad lo
que dice Abû Hanîfa sobre su profesor: “Juro por Al∙lâh que no me
atrevo a pasar las hojas del libro haciendo ruido delante de Hammâd, por
miedo a molestarle”.
El círculo
de Abû Hanîfa y la primera academia jurídica
Abû
Hanîfa sigue narrando:
"Así pues, comenzé a dirigir el círculo con 40 años". Y formará la escuela más
extraordinaria. Efectivamente, Abû Hanîfa creó una academia. Al
principio, decidió que no podía componer la jurisprudencia islámica él solo.
Entonces reunió a un grupo de 40 personas con especialidades diferentes: uno
especializado en el lenguaje, otro en los dichos proféticos, otro en el Corán,
otro en la interpretación del Corán, un experto en asuntos sociales de Irak… y,
así, se reunieron con el objetivo de discutir las necesidades de la sociedad y
extraer las soluciones a partir del Corán y la tradición del profeta, trabajando
en grupo. ¡Y eso fue en el año 80 de la hégira! Por eso, no hay libros a nombre
de Abû Hanîfa, sino que son libros que explican la jurisprudencia propia
de una escuela.
Abû
Hanîfa empezaba la
sesión presentando un determinado problema, una determinada cuestión jurídica,
luego analizaban el problema, establecían las distintas posibilidades propuestas
por cada uno y finalmente llegaban a las diferentes soluciones. La decisión
final la adoptaban teniendo en cuenta la decisión del grupo.
Estas sesiones
se mantuvieron durante 30 años, su objetivo era escoger los asuntos que
afectaban a la sociedad y encontrarles un dictamen (fatua) correcto. Todos los
asuntos los relacionaban con la religión, así consiguieron anular la separación
existente entre la vida y la religión, y empezaron a resolver los problemas de
la sociedad, hasta el punto de que un ulema dijo, a propósito de una cuestión,
que Abû Hanîfa había errado, entonces le respondió otro
ulema -Sufiân Az·Zaury- diciendo: “No es posible que haya fallado”, a lo que el
otro replicó: “¿Cómo que no puede haber fallado? ¿Acaso es infalible?”. Sufiân
contestó: “No es infalible, pero él no piensa por sí solo”. Ellos eran un grupo
que pensaba conjuntamente, por ello podemos encontrar un dictamen de la escuela
Hanafî que contradice la opinión personal de Abû Hanîfa, porque
las decisiones las tomaban en grupo.
¡Ése es
Abû Hanîfa! ¡Esa es la persona que formó la jurisprudencia islámica!
Abû Hanîfa fue el
primero en conceder becas de estudios
Él fue el
primero en conceder becas de estudio, anticipándose así a las universidades
europeas. Abû Hanîfa veía en uno de sus alumnos, Abû Yûsuf,
un futuro prometedor. Sin embargo, se trataba de un joven pobre y su padre no
paraba de decirle: "Tú eres pobre, mientras que Abû Hanîfa es un
hombre rico". Entonces, empezó a ausentarse del círculo a petición de su padre
para trabajar, así que Abû Hanîfa le dijo: “¡Abû Yûsuf!
¿Qué es lo que te ha apartado de nuestro círculo?”. Abû Yûsuf respondió:
“La obediencia a mi padre y la búsqueda de trabajo”. Abû Hanîfa le
dijo: “Cuando se vaya la gente, acércate a mí”. Al acabar la sesión le dio 100
dirhams y le dijo: “Cuando se te acaben, acude a mí”, y más adelante le adjudicó
un sueldo mensual, y ésta fue la primera beca de estudios para que Abû Yûsuf
se dedicara a la ciencia. Abû Hanîfa le dijo: “dedícate a
nosotros, pues veo en ti una esperanza para los musulmanes”. También concedió
becas mensuales a otros dos alumnos, durante un periodo de 30 años.
La
convivencia y la importancia del trabajo en grupo
Una vez,
Abû Yûsuf decidió separarse del círculo, tal y como pensó hacer Abû Hanîfa
años atrás, con la diferencia de que Abû Yûsuf llevó a cabo su idea y
formó su propio círculo. Entonces, Abû Hanîfa le dejó tres días,
luego le envió a un hombre para preguntarle, y le dijo: “Pregúntale si una
persona va al sastre (eligió el sastre porque Abû Yûsuf era sastre y la
pregunta era sobre su propia profesión) y le pide que le acorte su traje por un
dirham. Al día siguiente viene el hombre preguntando si ya le ha acortado su
traje, entonces el sastre le responde que estará listo para mañana. Al día
siguiente vuelve y pregunta por su traje, y el sastre le dice que no tiene
ningún traje para él. Al día siguiente, pasa por delante de la tienda del sastre
y ve su traje colgado y expuesto a la venta. El hombre le pide que le devuelva
su traje, entonces el sastre se avergüenza y le da el traje. ¿Se merece en tal
caso el sastre cobrar por haber acortado el traje?". Si te responde que sí, dile
que se ha equivocado, y si te responde que no, dile que se ha equivocado
también”.
El
hombre fue ha plantearle la cuestión a Abû Yûsuf quien le respondió
primero diciéndole que sí se merecía el dinero, a lo que el hombre dijo que se
había equivocado. Entonces, Abû Yûsuf rectificó y respondió que no se
merecía el dinero, a lo que contestó que también se había equivocado.
Entonces,
Abû Yûsuf abandonó su círculo para ir a preguntar a Abû Hanîfa
personalmente. Abû Hanîfa le dijo: “Seguramente
te ha traído a nosotros el asunto del sastre, ¿cómo puede ser que un imam que
preside un círculo no conozca los sencillos asuntos relativos a la
compra-venta?”. Abû Yûsuf contestó: “Abû Hanîfa, enséñame”.
Contestó: “Si el sastre acortó el traje antes de tener la intención de robarlo,
en ese caso se merece el dinero, pero si lo acortó después de haber decidido
apoderarse del traje, entonces no se merece el dinero”. Luego,
Abû Hanîfa miró a Abû Yûsuf y le dijo:
“Quien piense que no necesita trabajar junto a los demás que llore por él mismo.
¡Abû Yûsuf! Veo en ti una esperanza para la gente, y si nos dejas
perderás y perderemos mucho bien”. Entonces, Abû Yûsuf permaneció en el
círculo hasta la muerte de Abû Hanîfa y llegó a ser juez
del califato islámico en la época de Harûn Ar·Rashîd.
Una
importante lección sobre el trabajo colectivo, con la que acabamos el episodio
de hoy.
Conclusión
El episodio de
hoy ha tratado sobre la convivencia y no sobre Abû Hanîfa, o mejor
dicho sobre Abû Hanîfa por la convivencia. Cada uno de nosotros
debe pensar después de este episodio como convivir con quienes están a nuestro
alrededor…. ¡Por el Islam, por Irak, por el Líbano y Palestina, por esta pobre
nación…! ["Y aferraos a la cuerda de Al∙lâh"…].(TSQ,)
Que la paz de Al∙lâh, Su misericordia y Sus
bendiciones sean con vosotros.
Al∙lâh=
significa Dios. Es el Nombre
Más Grande que ostenta el Único Creador que posee todos los atributos
propios de la divinidad, tal como fue revelado en el Qor´ân.
(SAAWS): Sal·la
Al·lâhu Alayhi Wa Sal·lam: Los Rezos y la
Paz de Al∙lâh sean sobre
él, que es explicada por los ulemas como sigue:
Sal·la Al·lâhu Alayhi:
significa que le cubra con su misericordia…El motivo de traducirlo
literalmente es porque estas palabras son repetidas por los musulmanes
de todo el mundo, siguiendo el precepto divino de decir esta expresión
siempre que se mencione al Profeta, en la llamada a la oración (Al
Âdhân) o en cualquier circunstancia, como veneración concedida por
Al·lâh a Su último Mensajero, que ha sido enviado a toda la humanidad.
Wa sal·lam: significa: y derrame Su Paz sobre él.